Al conectarse a Internet, una persona firma créditos con las plataformas en las que interactúa. A cambio de conexiones, seguimientos a los amigos y colegas, información y contenido, esa persona paga con su atención, datos y dinero. Dichos pagos son continuos y solo se detienen cuando la persona se desconecta. Pero lo más importante es que el crédito funciona como un préstamo de interés compuesto, y al capital de atención, datos y dinero iniciales se le añaden de forma acelerada y continua nuevos intereses que hacen muy difícil dejar de entregar nuestra atención, datos y dinero.
Al perder nuestro control sobre estos tres elementos es cuando empiezan a producirse comportamientos indeseados, ya sean inmorales, ilegales o que afecten a la salud física o psíquica de los usuarios. Cuando los usuarios son niños, niñas o adolescentes, el daño es mayor porque ni sus mentes, ni sus cuerpos ni su capacidad de relacionarse socialmente están formados todavía.