El respeto de la privacidad y su educación activa constituyen dos pilares básicos para una condición digital sana y robusta. Para ello, es preciso que aprendamos a salvaguardar nuestro «yo» interior del mundo digital, y esto incluye la privacidad de nuestro cerebro.

El creciente desarrollo de neurotecnologías y los límites éticos que esto conlleva ha conducido a la necesidad de crear un marco jurídico de definición, reconocimiento y defensa de la privacidad del cerebro.